¿Cómo Bélgica me ha hecho (aún) más CRETINO?

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Bélgica me ha pervertido. Me ha hecho ser peor persona de lo que ya era antes. Y en este caso no ha sido por culpa de las ‘belgadas’ sino a base de picaresca.

Normalmente, la gente cuando le preguntas algo por la calle te contesta. Y yo como ciudadano normal antes de venir a Bruselas así lo hacía. Sin embargo, dado la cantidad de guiris que poblamos la ciudad, las bajas esferas de la capital se aprovechan de nuestra candidez.

El otro día lo comenté con otro amigo venido de la maravillosa Gasteiz. Hay una pareja de hombre de media edad con hijo adolescente que va preguntando a la gente si habla inglés para preguntarle algo. Después de confirmarle que yes, que desde que viste Lost hablas un poco, se sorprende y dice que menos mal, que ha encontrado a alguien con quién comunicarse. Punto seguido te dice que acaba de llegar “del extranjero” y te pide dinero para comer. Técnica agresiva, funciona con los guiris.

Debo aclarar que a ambos vitorianos nos ha abordado esta familia en una zona donde se ubican las instituciones europeas. Aquí lo raro es encontrar precisamente a alguien que no habla inglés. Se escudan en abordarte a lo bestia. En tener que sentirte mal mientras te das la vuelta.

Pero esta familia no es la primera que me lo hace y a veces por tu propia integridad sientes la necesidad de contribuir a su causa. Después de varios de esos momentos incómodos, he decidido que la gente por la calle no es mi amiga. Me he vuelto un cretino y paso de ellos. Un día, volvía a casa de noche y me preguntó a lo lejos un chico moreno algo. Me hice el guiri loco. Y al ver que tampoco tenía el mozo muchas opciones en la calle para preguntar, me pidió a gritos ayuda para llegar al metro más cercano. Entonces respondí, con las últimas gotas de decencia que me quedan desde que me las secara Bélgica. Porque ya me he convertido en un cretino belga más.

Bruselas

Lugares dónde duerme gente en Bruselas

La campaña electoral de GONes de Bruselas

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En la capital europea se respira un ambiente electoral intenso.  Esta semana son las elecciones europeas de la crisis. Las primeras que muestran cómo se han tomado los ciudadanos todas las medidas impuestas desde Bruselas.

Aquí se respiran elecciones de un modo mucho más apasionado que en España.  Probablemente porque no sólo votan a la lejana (y a la vez cercana) Eurocámara, sino porque también tienen elecciones nacionales y regionales.

Tienen mucho que votar. Sobre todo porque aquí es OBLIGATORIO. Si eres belga y no vas a votar te multan y cuantas más elecciones esquives, más cara te saldrá la broma. Imaginaos la cara que se les pone cuando la Junta Electoral Central española ordenó al Parlamento quitar las urnas o la palabra votar de una macro campaña para incitar al voto. No sé quién está más loco, si el que obliga o el que ve una paranoia que se vea en un anuncio a alguien votar.

Sin duda lo más divertido en este país es ver cómo empapelan coches, casas y miles de locales comerciales con fotos de los candidatos. Una muchacha española por Bruselas hizo una gran comparación que no dudo ahora en citar. Con tanta foto multiétnica y sonriente podían haber hecho perfectamente un anuncio de un curso de idiomas en el extranjero. Y yo añado:  parece que les han regalado un portátil con las clases, si no entiendo tanta felicitar. Es una locura de listas abiertas con fotos de millones de candidatos e incluso suplentes separados por listas. Normal que sea obligatorio votar con ese galimatías.

Como anécdota cabe destacar que los partidos paneuropeos también hacen sus particulares campañas para expatriados. Algunos lo hacen con los logos y la parafernalia de los grupos de Bruselas que no siempre coinciden en los países de origen. Por ejemplo el PP es el EPP y el PSOE son los Socialdemócratas. Unos azules y los otros rojos. Como los cables de los explosivos, como los lápices con dos puntas, como el Barça y como se hace en España. Imposible confundirlos.

Bruselas electoral

Carteles de cursos de idiomas

Este fin de semana,  algunos como los liberales de ALDE repartían camisetas en las que te imprimían tu careto. Márketing político 2.0. Con lo ricos que recuerdo yo los caramelos de campaña electoral de mi infancia, que venían en aquellas furgonetas con caretos de políticos. Unos vehículos con música que acercaban a toda la chavalería a coger dulces, rollo flautista de Hamelin. Yo creo que aquellas eran las únicas veces que no hacía caso al mandato paternal de no coger caramelos ni regalos de desconocidos. He de reconocer que algo raro me sabían, quizá por ese inconsciente o por proceder de dineros de partidos políticos.

¿Y quién viene por los liberales desde la Península Ibérica? La piel de toro no envía a Esperanza Aguirre ni a su antiguo Partido Liberal. Ni siquiera le dejan a UPyD con el señor de la pajarita entrar dentro de los liberales, todo es problema de que son unos jacobinos.  Los liberales elegidos por la circunscripción única son los vascos del PNV y de Convergència Democràtica de Catalunya (porque Unió si llegara a sacar un escaño iría con el PPE).

Y claro, os preguntaréis: ¿Qué es ser liberal? Ni idea. Yo hasta que llegué aquí pensaba que eran las parejas esas guarronas que hacían de la promiscuidad una seña de identidad de la pareja. O eso parece que hace CIU, que se divide para irse con otros nada más pisar Charleroi (el aeropuerto Ryannair). Liberal es algo que pocos saben en realidad qué es.

En general todos los partidos hacen campaña para los expatriados de uno u otro modo. En algunas calles he llegado a ver carteles de Izquierda Unida en castellano para instar a votar por correo a los exiliados en estas alejadas tierras. Yo he pasado de votar. Si pusieran urnas en las embajadas como hacen los latinoamericanos, que se juntan, comen pollo frito y disfrutan a gusto de una mañana de domingo me apuntaría. Pero voté una vez por correo y ya tuve la sensación de que se perdía por correo o algo.

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Carteles de Izquierda Unida colgados en un edifico al borde del colapso

Disfruten del sufragio universal (especialmente las mujeres, que a pesar de su menor discapacidad intelectual, se les permite votar) 😉

Agujeritos del sistema

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Habitualmente intento ser guasón. Hoy no.

Bruselas

Bruselas

El otro día descubrí que a veces la pobreza se oculta en cualquier rincón de la sociedad.  Estaba yo en una institución en la que voy a estar unos meses,  en una sala de ordenadores comunes, puesto que al ser el último mono, a los informáticos no les salió en gana ponerme un cable de red hasta una semana después.

Así, yo me apropié de una esquinita de este peculiar cíber con una treintena de ordenadores. Una especie de locutorio pero con muchachas suecas, señores trajeados y letones estresados. Lo normal es que en este lugar, uno llegue, imprima o mande unos emails y se vaya a las pocas horas o minutos.

Excepto yo, que no tenía un lugar mejor y durante varias jornadas acudía para poder mandar y realizar mis deberes  diarios en el lugar.  Pero de repente un día, un hedor llegó con un hombre, extraño vestido de oscuro. Escribía en italiano. Calvo, con gafas vetustas, de complexión delgada y no más de 35 años.

Me fui lo antes posible pues el olor me mareaba. Y no soy el típico tiquismiquis con los olores. Volví al día siguiente, sólo volver al lugar ya me recordaba a lo que mi nariz aspiró ayer. El señor alopécico, oscuro y espagueti, apareció otra vez. Mismo olor. Incluso tuiteé sobre el sufrimiento de las fosas nasales.

Aguanté un rato y me fui a comer, con la esperanza de recuperarmi Internet o al menos mi rinconcito en la sala común. Pero volvió el hombre. Primero me percaté que nunca se quitaba un abrigo oscuro del cual tenía roídos los bolsillos, que por eso le hacía sudar tanto. Sin embargo a las diez de la mañana no puedes estar tan sudado, pensaba.

El hombre siempre ponía un cartel para reservar sitio, escrito a mano como hacen los de la vieja escuela, en inglés.  Debajo del cartel dejó siempre una funda grande de portátil negra. Roída, con algunos hilillos que sobresalían.

Me marché a casa en cuanto acabé. Con mareo por la profundidad que habían percibido mis fosas nasales. Algo no me cuadraba. Confié en volver al día siguiente  y no repetir la experiencia. Pero no. Al día siguiente apareció media hora después de mí. Y su presencia se podía percibir metros antes de que se sentara a mi lado.

Mi mirada periférica no paraba de examinarlo con el mejor de los disimulos. Y entonces descubrí que algo fallaba:  el hombre tenía las uñas de los dedos con mugre: era alguien que llevaba sin duda días en la calle sin usar un grifo. ¿Era un mendigo? No lo sé. Lo que no acabo de entender es cómo tiene una acreditación para entrar en un edificio así con tanta seguridad.

Semanas después he visto al señor por los alrededores del edificio dónde le encontré. Camina sin rumbo delante de terrazas que hay para los funcionarios europeos de Bruselas. Siempre solo, siempre buscando algo que nunca parece encontrar. Un superviviente de las migajas de unos ricos que se infiltra en los agujeritos del sistema para disimular.

Las belgadas

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Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua del Inmigrante en Bélgica, las belgadas son todas aquellas costumbres de belgas que demuestran que son un país con ‘personalidad’. Que sólo se les ocurre a ellos o que sólo se atreven ellos a hacer.

El otro día, en la Plaza de Luxemburgo, dónde jóvenes y no tan jóvenes se reúnen los jueves para intercambiar impresiones sobre las cervezas belgas, conocí el aperitivo belgada: coliflor cruda untada en salsa guarrota. Vegetariano, campestre, sano, ecológico, todo lo que queráis. Una verdadera belgada en definitiva. Seguramente este verano junto al tupper de tortilla o de sandía, aparezca el refrescante y saludable snack de coliflor con salsa. En Matutano están ya preparando la fórmula secreta para unas patatas sabor coliflor. Se sospecha que el departamento de I+D de Grefusa está realizando pruebas con unas pipas con gusto a brócoli para frenar esta corriente gastronómica que marca tendencias desde Bélgica.

Belgas comiendo coliflor cruda con salsa

Igual no son belgas, pero comen coliflor cruda con salsa. En realidad desearía que fueran belgas para corroborar la tesis de esta publicación. Lo que no hay duda pese a los kilos de maquillaje de Photoshop de Google imágenes es que es coliflor, un snack, nombre de perro o adorno para las mesas más selectas.

Siguiendo con el tema gastronómico, la salsa llamada andaluza es algo típico y poco andaluz que se come por estas latitudes. Como bien sabéis, aquí suelen freír con grasaza de vaca las patatas a la belga. Y las untan con multitud de salsas, entre ellas la andaluza esos tubérculos amarilleados. Una salsa picante, parecida a la salsa rosa pero más especiada. Andaluza a la belga. De típica de Huelva. Ah no, de Anderlecht. Una especie de salsa cóctel-1000 islas que no falta en los tascones certificados de este pequeño país.

Cuenta la leyenda, que algunos contratos de alquiler al menos en Bruselas, contienen cláusulas como por ejemplo que te dicen qué productos de limpieza tienes que comprar específicamente, con marcas y todo. Además, algunos caseros cobran un pastizal por hacer inventario de cómo están las cosas. Si lo ellos hacen la comprobación te puede salir más barato o más caro si implican a una tercera parte.

Algo también llamativo son los números de teléfono. Parece que estás llamando a la NASA, o a la OTAN, que por cierto está aquí y pilla más a mano. Son siempre números súper raros, que empiezan por cero o por dos. Yo siempre dudo cada vez que marco y me asombro si responde un humano con quien quiero hablar al otro lado de la línea.

En definitiva, el que no es belga es porque no quiere. Que es lo más normal del mundo sentirse diferente ante otras culturas, maneras de vivir o simplemente maneras

Que aproveche la coliflor y la salsa andaluza

Típica mañana en Bruxelles-Brussel

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Después de una ducha, un desayuno viendo las noticias de TVE, vestirme y calzarme; me avalanzo sobre las numerosas escaleras para descender a la calle. Espero que los edificios antiguos de este país me dejen un culito duro a costa de las subidas y bajadas de escalones de madera.

Siempre me ha gustado ir mejorando la ruta mañanera. La actual implica atravesar una estación de metro sin cogerlo, que me ayuda a atravesar la rue de la Loi, una de las más transitadas de la urbe, con unos semáforos que parecen no tener fin.Ya en la jungla urbana, tras sortear media docena de deposiciones de canes, saludar a los mendigos agitando sus botes de limosna, me acerco al destino de las próximas horas del día.

En mi caminata veo por una cristalera a los huéspedes de un lujoso hotel de diplomáticos. Les observo mientras avanzo cómo desayunan como si no hubiera mañana, pasado y tampoco mes que viene. Mis Frosties con leche fría tampoco estaban tan mal la verdad. Ya acercándome a mi destino final, vislumbro una muchedumbre parada, que obstaculizaba la calzada. Algo pasa. No es normal.

La masa esperando a Obama

Los ansiosos trabajadores retenidos por Hussein

No es una típica mañana. Está Barack Hussein. Durante unos quince minutos, unos amables policías nos hacen esperar a un centenar de personas en cada lado de la calle. La gente se queja por el móvil en las redes sociales, excusan sus retrasos a sus obligaciones. Incluso descubro que en el tumulto a pocos metros de mí, había una antigua compañera de Universidad.

Llega la corte del rey. Una treintena de vehículos pasa a velocidad escoltada por una docena de motos de policía. Hay dos limusinas de las chulas, simétricas. En una de ellas tiene que estar el líder del mundo libre. Me siento afortunado: he visto a las dos de los posibles coches en los que iba el primer presidente hawaiano. Lo de las banderitas de Bélgica y del país dónde se grabó LAGONfidential enseñan que The West Wing o House of Cards hacen bien su labor de escenificar una puesta en escena de película.
Pasa la extensa comitiva. La gente que llega tarde al trabajo se sonríe al cruzar un centenar de personas el paso de cebra. Parece la folclorada esa de Tokio, pero en mitad de Europa. Comienza el día. El día Obama. Vuelve en junio. Que el Karma nos pille positivo en unos meses.

Disfruten siempre de las típicas mañanas, de la rutina y de los pequeños placeres

Miedo y asco en Bruselas

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Después de una edulcorada versión de lo que puede ser una idílica ciudad centroeuropea, empieza a aflorar la mierda. Hay que rascar un poco para descubrir que no es oro todo lo que reluce en Bruselas.

El agua sabe bastante mal. A pesar de que llueve bastante en estas latitudes, el sabor del H2O dista mucho de lo que yo considero aceptable. Por lo cual prefiero ignorar e informarme por qué motivo cuando bebo me siento Messi (y no por controlar bien el balón). Yo creo que que el icono de la capital sea una fuente con un niño meando ya evidencia que lo que va a salir del grifo puede contener trazas escatológicas. Pero insisto, en el fondo prefiero no saber.

En el aspecto de las basuras, Bruselas tiene una organización similar a los giputxis. Basuras con bolsas homologadas que no pueden ser bajadas más que determinados días de la semana a la puerta de la calle, donde permanecen hasta que un alma contratada para ello en un camión oloroso se lo lleva. Debo añadir que pese a tener basuras casi a diario por las calles, hay carteles colgados por la ciudad que dicen que ensuciar las zonas comunes urbanas es un delito. Maravilloso.

Los belgas. De momento he tenido poco trato con ellos. Pero no conozco a mucha gente (o a nadie) que me haya hablado bien de ellos. Además tienen cosas muy raras, como inventarse palabras en gabacho para decir los números del 70 al 90. Raros, pero en este caso más lógicos que el francés normal que hace sumas en los números, una ayuda para los de letras como yo que creemos que una raíz cuadrada es una zanahoria cortada en dados.

Por otro lado cierran la mayoría de las tiendas pronto y de los restaurantes. Sin embargo los bares cierran tarde. Es absolutamente lo contrario que América. Aquí difícil cenar tarde, fácil beber birra. El paraíso de los crápulas. He de añadir que muchas calles multiétnicas pueden dar un poco de miedo cuando se va el sol. Nada que no se pueda solucionar corriendo un poquito.

Además de las diferentes culturas que te puedes encontrar, lo mejor de Bruselas es que puedes viajar dentro de la ciudad y sentirte a miles de kilómetros de distancia. No sólo por la cantidad de espaguettis y de ibéricos que merodean sino por un buen puñado de estaciones de metro que te trasladan al Sarajevo de los años 90. Estas estaciones de posguerra con cemento, madera, ratas y sin tornos, son la delicia de los jóvenes con pocos recursos que merodean las instituciones europeas. ¿Reformando? Eso dicen.

Sin duda en mi estancia en este país encontraré multitud de manías que tienen en esta zona del mundo de las que quejarme, os las iré transmitiendo. Como nos suele caracterizar a los mediterráneos (sí, Vitoria mi ciudad natal orina hacia allí), siempre nos vamos a quejar por algo, ya sea por exceso o por defecto.

Hortera como debe ser
Que aproveche el agua del grifo dondequiera que lean esto.