La cerveza belga

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Tanto la birra como el chocolate belga son dos productos que llevan muchas décadas exportando con éxito en todo el mundo. No es difícil encontrar ambos vicios en todo Occidente. Ignoro en Oriente, porque desgraciadamente nunca he estado por esos lares.

A pesar de que lo más normal es imaginarnos miles de millones de variedades y exquisiteces por doquier, siento decirlo, pero tampoco es para tanto. Es cierto que hay variedad,  y en las cervecerías es algo tremendo, pero  luego en un bar normalito suelen tener como cuatro de tirador y otras siete de botella. Tampoco está mal la verdad.

Pero si sus cervezas de abadía o con cereza son famosas por todos lados, nos olvidamos que también tienen su Cruzcampo, una cerveza rubia normalita (bastante mejor que la mierda andaluza del señor disfrazado) llamada Jupiler. O la Stella Artois, vendida en todo el mundo y aquí una gran segundona  en cuanto a presencia.

Yo como muchos otros tantos españoles, la empecé llamando Júpiter, como planeta, hasta que descubrí que no que es con ele.  Su publicidad está en el exterior de millones de bares con parroquianos belgas que juegan a las tragaperras y es lo que te sirven si pides una cerveza sin más. Además patrocina a los demonios rojos,  como hacía Cruzcampo en su día. Colores rojos para una cerveza popular.

Lo más impresionante de esta ciudad es sin duda un conjunto de locales comandados por la marca referente: Delirum Tremens. Una calle ultra turística, con una escultura meona y media docena de locales dedicados al alcohol. La casa madre, ostenta el récord Guinnes en número de cervezas. Aseguran que al menos tienen que tener más de 2000 variedades en stock, que a veces varían por ser algunas parte de microcervecerías con pequeñas producciones de América en especial.

Delirium Tremens

El dichoso local del pecado

Sin embargo, cuando llegas allí y te enseñan la carta-catálogo de birras, te empiezas a angustiar. Te entran sudores ante la abrumadora cantidad de variedades, países y tamaños. Como es tan espectacular y gorda la carta, incluso te la venden por unos 5 euros.  Pero al final, el 99% de los mortales acaba eligiendo una de las cervezas de la microcarta, que sólamente tiene unas 300 cervezas que son más fáciles de localizar. Aconsejo a guiris esquivar las noches de los fines de semana pues se llena como si fuera gratis. Para ser un sitio tan típico no me parece demasiado caro (ni barato) comparando con otros locales.

Los belgas como todos sabemos son gente particular, en los parques beben sus Júpiler a cualquier hora del día e incluso durante manifestaciones sindicales como si fuera un botellón más. Los tópicos se basan en realidades que se distorsionan a veces, pero sin duda, Bélgica es el país de la cerveza.

 

¡Que aproveche el zumo de cebada!

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Agujeritos del sistema

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Habitualmente intento ser guasón. Hoy no.

Bruselas

Bruselas

El otro día descubrí que a veces la pobreza se oculta en cualquier rincón de la sociedad.  Estaba yo en una institución en la que voy a estar unos meses,  en una sala de ordenadores comunes, puesto que al ser el último mono, a los informáticos no les salió en gana ponerme un cable de red hasta una semana después.

Así, yo me apropié de una esquinita de este peculiar cíber con una treintena de ordenadores. Una especie de locutorio pero con muchachas suecas, señores trajeados y letones estresados. Lo normal es que en este lugar, uno llegue, imprima o mande unos emails y se vaya a las pocas horas o minutos.

Excepto yo, que no tenía un lugar mejor y durante varias jornadas acudía para poder mandar y realizar mis deberes  diarios en el lugar.  Pero de repente un día, un hedor llegó con un hombre, extraño vestido de oscuro. Escribía en italiano. Calvo, con gafas vetustas, de complexión delgada y no más de 35 años.

Me fui lo antes posible pues el olor me mareaba. Y no soy el típico tiquismiquis con los olores. Volví al día siguiente, sólo volver al lugar ya me recordaba a lo que mi nariz aspiró ayer. El señor alopécico, oscuro y espagueti, apareció otra vez. Mismo olor. Incluso tuiteé sobre el sufrimiento de las fosas nasales.

Aguanté un rato y me fui a comer, con la esperanza de recuperarmi Internet o al menos mi rinconcito en la sala común. Pero volvió el hombre. Primero me percaté que nunca se quitaba un abrigo oscuro del cual tenía roídos los bolsillos, que por eso le hacía sudar tanto. Sin embargo a las diez de la mañana no puedes estar tan sudado, pensaba.

El hombre siempre ponía un cartel para reservar sitio, escrito a mano como hacen los de la vieja escuela, en inglés.  Debajo del cartel dejó siempre una funda grande de portátil negra. Roída, con algunos hilillos que sobresalían.

Me marché a casa en cuanto acabé. Con mareo por la profundidad que habían percibido mis fosas nasales. Algo no me cuadraba. Confié en volver al día siguiente  y no repetir la experiencia. Pero no. Al día siguiente apareció media hora después de mí. Y su presencia se podía percibir metros antes de que se sentara a mi lado.

Mi mirada periférica no paraba de examinarlo con el mejor de los disimulos. Y entonces descubrí que algo fallaba:  el hombre tenía las uñas de los dedos con mugre: era alguien que llevaba sin duda días en la calle sin usar un grifo. ¿Era un mendigo? No lo sé. Lo que no acabo de entender es cómo tiene una acreditación para entrar en un edificio así con tanta seguridad.

Semanas después he visto al señor por los alrededores del edificio dónde le encontré. Camina sin rumbo delante de terrazas que hay para los funcionarios europeos de Bruselas. Siempre solo, siempre buscando algo que nunca parece encontrar. Un superviviente de las migajas de unos ricos que se infiltra en los agujeritos del sistema para disimular.

Las belgadas

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Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua del Inmigrante en Bélgica, las belgadas son todas aquellas costumbres de belgas que demuestran que son un país con ‘personalidad’. Que sólo se les ocurre a ellos o que sólo se atreven ellos a hacer.

El otro día, en la Plaza de Luxemburgo, dónde jóvenes y no tan jóvenes se reúnen los jueves para intercambiar impresiones sobre las cervezas belgas, conocí el aperitivo belgada: coliflor cruda untada en salsa guarrota. Vegetariano, campestre, sano, ecológico, todo lo que queráis. Una verdadera belgada en definitiva. Seguramente este verano junto al tupper de tortilla o de sandía, aparezca el refrescante y saludable snack de coliflor con salsa. En Matutano están ya preparando la fórmula secreta para unas patatas sabor coliflor. Se sospecha que el departamento de I+D de Grefusa está realizando pruebas con unas pipas con gusto a brócoli para frenar esta corriente gastronómica que marca tendencias desde Bélgica.

Belgas comiendo coliflor cruda con salsa

Igual no son belgas, pero comen coliflor cruda con salsa. En realidad desearía que fueran belgas para corroborar la tesis de esta publicación. Lo que no hay duda pese a los kilos de maquillaje de Photoshop de Google imágenes es que es coliflor, un snack, nombre de perro o adorno para las mesas más selectas.

Siguiendo con el tema gastronómico, la salsa llamada andaluza es algo típico y poco andaluz que se come por estas latitudes. Como bien sabéis, aquí suelen freír con grasaza de vaca las patatas a la belga. Y las untan con multitud de salsas, entre ellas la andaluza esos tubérculos amarilleados. Una salsa picante, parecida a la salsa rosa pero más especiada. Andaluza a la belga. De típica de Huelva. Ah no, de Anderlecht. Una especie de salsa cóctel-1000 islas que no falta en los tascones certificados de este pequeño país.

Cuenta la leyenda, que algunos contratos de alquiler al menos en Bruselas, contienen cláusulas como por ejemplo que te dicen qué productos de limpieza tienes que comprar específicamente, con marcas y todo. Además, algunos caseros cobran un pastizal por hacer inventario de cómo están las cosas. Si lo ellos hacen la comprobación te puede salir más barato o más caro si implican a una tercera parte.

Algo también llamativo son los números de teléfono. Parece que estás llamando a la NASA, o a la OTAN, que por cierto está aquí y pilla más a mano. Son siempre números súper raros, que empiezan por cero o por dos. Yo siempre dudo cada vez que marco y me asombro si responde un humano con quien quiero hablar al otro lado de la línea.

En definitiva, el que no es belga es porque no quiere. Que es lo más normal del mundo sentirse diferente ante otras culturas, maneras de vivir o simplemente maneras

Que aproveche la coliflor y la salsa andaluza

Típica mañana en Bruxelles-Brussel

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Después de una ducha, un desayuno viendo las noticias de TVE, vestirme y calzarme; me avalanzo sobre las numerosas escaleras para descender a la calle. Espero que los edificios antiguos de este país me dejen un culito duro a costa de las subidas y bajadas de escalones de madera.

Siempre me ha gustado ir mejorando la ruta mañanera. La actual implica atravesar una estación de metro sin cogerlo, que me ayuda a atravesar la rue de la Loi, una de las más transitadas de la urbe, con unos semáforos que parecen no tener fin.Ya en la jungla urbana, tras sortear media docena de deposiciones de canes, saludar a los mendigos agitando sus botes de limosna, me acerco al destino de las próximas horas del día.

En mi caminata veo por una cristalera a los huéspedes de un lujoso hotel de diplomáticos. Les observo mientras avanzo cómo desayunan como si no hubiera mañana, pasado y tampoco mes que viene. Mis Frosties con leche fría tampoco estaban tan mal la verdad. Ya acercándome a mi destino final, vislumbro una muchedumbre parada, que obstaculizaba la calzada. Algo pasa. No es normal.

La masa esperando a Obama

Los ansiosos trabajadores retenidos por Hussein

No es una típica mañana. Está Barack Hussein. Durante unos quince minutos, unos amables policías nos hacen esperar a un centenar de personas en cada lado de la calle. La gente se queja por el móvil en las redes sociales, excusan sus retrasos a sus obligaciones. Incluso descubro que en el tumulto a pocos metros de mí, había una antigua compañera de Universidad.

Llega la corte del rey. Una treintena de vehículos pasa a velocidad escoltada por una docena de motos de policía. Hay dos limusinas de las chulas, simétricas. En una de ellas tiene que estar el líder del mundo libre. Me siento afortunado: he visto a las dos de los posibles coches en los que iba el primer presidente hawaiano. Lo de las banderitas de Bélgica y del país dónde se grabó LAGONfidential enseñan que The West Wing o House of Cards hacen bien su labor de escenificar una puesta en escena de película.
Pasa la extensa comitiva. La gente que llega tarde al trabajo se sonríe al cruzar un centenar de personas el paso de cebra. Parece la folclorada esa de Tokio, pero en mitad de Europa. Comienza el día. El día Obama. Vuelve en junio. Que el Karma nos pille positivo en unos meses.

Disfruten siempre de las típicas mañanas, de la rutina y de los pequeños placeres

Miedo y asco en Bruselas

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Después de una edulcorada versión de lo que puede ser una idílica ciudad centroeuropea, empieza a aflorar la mierda. Hay que rascar un poco para descubrir que no es oro todo lo que reluce en Bruselas.

El agua sabe bastante mal. A pesar de que llueve bastante en estas latitudes, el sabor del H2O dista mucho de lo que yo considero aceptable. Por lo cual prefiero ignorar e informarme por qué motivo cuando bebo me siento Messi (y no por controlar bien el balón). Yo creo que que el icono de la capital sea una fuente con un niño meando ya evidencia que lo que va a salir del grifo puede contener trazas escatológicas. Pero insisto, en el fondo prefiero no saber.

En el aspecto de las basuras, Bruselas tiene una organización similar a los giputxis. Basuras con bolsas homologadas que no pueden ser bajadas más que determinados días de la semana a la puerta de la calle, donde permanecen hasta que un alma contratada para ello en un camión oloroso se lo lleva. Debo añadir que pese a tener basuras casi a diario por las calles, hay carteles colgados por la ciudad que dicen que ensuciar las zonas comunes urbanas es un delito. Maravilloso.

Los belgas. De momento he tenido poco trato con ellos. Pero no conozco a mucha gente (o a nadie) que me haya hablado bien de ellos. Además tienen cosas muy raras, como inventarse palabras en gabacho para decir los números del 70 al 90. Raros, pero en este caso más lógicos que el francés normal que hace sumas en los números, una ayuda para los de letras como yo que creemos que una raíz cuadrada es una zanahoria cortada en dados.

Por otro lado cierran la mayoría de las tiendas pronto y de los restaurantes. Sin embargo los bares cierran tarde. Es absolutamente lo contrario que América. Aquí difícil cenar tarde, fácil beber birra. El paraíso de los crápulas. He de añadir que muchas calles multiétnicas pueden dar un poco de miedo cuando se va el sol. Nada que no se pueda solucionar corriendo un poquito.

Además de las diferentes culturas que te puedes encontrar, lo mejor de Bruselas es que puedes viajar dentro de la ciudad y sentirte a miles de kilómetros de distancia. No sólo por la cantidad de espaguettis y de ibéricos que merodean sino por un buen puñado de estaciones de metro que te trasladan al Sarajevo de los años 90. Estas estaciones de posguerra con cemento, madera, ratas y sin tornos, son la delicia de los jóvenes con pocos recursos que merodean las instituciones europeas. ¿Reformando? Eso dicen.

Sin duda en mi estancia en este país encontraré multitud de manías que tienen en esta zona del mundo de las que quejarme, os las iré transmitiendo. Como nos suele caracterizar a los mediterráneos (sí, Vitoria mi ciudad natal orina hacia allí), siempre nos vamos a quejar por algo, ya sea por exceso o por defecto.

Hortera como debe ser
Que aproveche el agua del grifo dondequiera que lean esto.

Bruselas vs LA

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Hola. He vuelto a crear un nuevo blog con un pequeño guiño a mi nombre. Si montara un restaurante probablemente lo llamaría El rincón de las Gonlicias y si abriera una tintorería no dudéis que la llamaría El PlanchaGón.

Pues eso, que después de un año en Los Ángeles, sur de California, he venido a Bruselas, Bélgica. Igualitos. En el blanco de los ojos y en el negro de los otros ojos.

Bruselas es por decirlo rápidamente, todo lo contrario que LA. Buen transporte, mal tiempo y birras a precio razonable y de calidad suprema. De lo poco que tienen en común es que son lugares en donde los lugareños son algo poco común y está lleno de personas llegadas de todos lados.

De momento, en 20 horas que llevo aquí ha sido todo bastante fácil. Ni visados infernales, ni billetes verdes como el monopoly, ni policías en el aeropuerto husmeando tus pelusillas, ni playa tampoco. Los coches son iguales que en la península. Europeos. Normales. Nada de monstruos consumidores de gasolina, asiáticos que parecen que los regalan o Prius con gente con el móvil. El mismo huso horario y que el mismo día comí en casa. Y sobre todo: gente andando por la calle.

Lo cierto es que hace exactamente 10 años ya había venido con dos amigos a la ciudad a pasar un día. Nos hospedamos en la siempre lujosa y acogedora estación central de trenes, con perros policía y un mendigo al que las fuerzas de seguridad le dijeron que fuera al médico que si no le iban a tener que amputar la pierna por una infección. Me impactó bastante, así como el hecho que uno de mis colegas de aventura ‘teenagger’ se durmiera durante su turno para que los mendigos y otros mochileros no nos robaran los Nokias o nuestra sensual ropa interior.

Llego en 2014, con GPS desde el primer día y lluvia también, con ganas de contaros en este espacio las tonterías como hice en LA GONfidential.

Que aprovechen las Gones de Bruselas.

Gones de Bruselas redonditas

Rico snack de tarde, también desayunable