El ¿verano? en Bruselas

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Los primeros meses que llegué a Bruselas hizo un tiempo excesivamente bueno. Fueron días de sol, de primavera, con temperaturas moderadas.

De hecho, a nada que saliera un poquito el sol, los belgas poblaban el césped de los parques, paseaban felices a sus retoños o jugaban a cartas en los bancos públicos. Aquello fue un espejismo. El verano no ha llegado. Estamos a 13 de julio de 2014. Todo este mes y el pasado no ha parado de llover.

En semanas dramáticas para la moral humana, como las primeras de julio, dónde a través de las redes sociales, ves a tus conocidos y amigos broncearse cual lagartijas, o etilizándose en Pamplona rodeados de guiris, el cuerpo pide urgentemente dosis de sol.

Al principio creía que la gente que llevaba ya tiempo viviendo aquí en Bélgica era un poco quejica. Yo veía una ciudad hermosa y acogedora. Ellos la veían gris y fría. Yo la observaba cercana, fácil. Hasta que llegó el ‘verano’.

Hay que reconocer que igual dos días los termómetros llegaron a superar los 28 grados. Sin embargo, os puedo asegurar que con la cantidad de agua que ha caído en las últimas semanas se podría haber dado de beber a todo Asia y parte de África durante varios años.

La clave para que se amargue profundamente el habitante belga, es la falta de luz. Recuerdo tiempos pasados duros en Los Ángeles, dónde a pesar de todo lo que me podía quitar el sueño salía a la calle con una sonrisa al ver las palmeras torcidas  y el cálido astro californiano. Desgraciadamente los humanos somos animales y necesitamos vitaminas del sol (la que sea).

Como gazteiztarra, siempre he creído que los memes del País Vasco haciendo mal tiempo eran un poco exagerados. O simplemente que había tres estaciones: tren, bus e invierno.(en Bruselas hay alrededor de 816 estaciones ferroviarias)  Nadie en su sano juicio o con un mínimo de humanidad puede resistir este sufrimiento. Los belgas no son masocas.

Por eso se van al mediterráneo.