Agujeritos del sistema

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Habitualmente intento ser guasón. Hoy no.

Bruselas

Bruselas

El otro día descubrí que a veces la pobreza se oculta en cualquier rincón de la sociedad.  Estaba yo en una institución en la que voy a estar unos meses,  en una sala de ordenadores comunes, puesto que al ser el último mono, a los informáticos no les salió en gana ponerme un cable de red hasta una semana después.

Así, yo me apropié de una esquinita de este peculiar cíber con una treintena de ordenadores. Una especie de locutorio pero con muchachas suecas, señores trajeados y letones estresados. Lo normal es que en este lugar, uno llegue, imprima o mande unos emails y se vaya a las pocas horas o minutos.

Excepto yo, que no tenía un lugar mejor y durante varias jornadas acudía para poder mandar y realizar mis deberes  diarios en el lugar.  Pero de repente un día, un hedor llegó con un hombre, extraño vestido de oscuro. Escribía en italiano. Calvo, con gafas vetustas, de complexión delgada y no más de 35 años.

Me fui lo antes posible pues el olor me mareaba. Y no soy el típico tiquismiquis con los olores. Volví al día siguiente, sólo volver al lugar ya me recordaba a lo que mi nariz aspiró ayer. El señor alopécico, oscuro y espagueti, apareció otra vez. Mismo olor. Incluso tuiteé sobre el sufrimiento de las fosas nasales.

Aguanté un rato y me fui a comer, con la esperanza de recuperarmi Internet o al menos mi rinconcito en la sala común. Pero volvió el hombre. Primero me percaté que nunca se quitaba un abrigo oscuro del cual tenía roídos los bolsillos, que por eso le hacía sudar tanto. Sin embargo a las diez de la mañana no puedes estar tan sudado, pensaba.

El hombre siempre ponía un cartel para reservar sitio, escrito a mano como hacen los de la vieja escuela, en inglés.  Debajo del cartel dejó siempre una funda grande de portátil negra. Roída, con algunos hilillos que sobresalían.

Me marché a casa en cuanto acabé. Con mareo por la profundidad que habían percibido mis fosas nasales. Algo no me cuadraba. Confié en volver al día siguiente  y no repetir la experiencia. Pero no. Al día siguiente apareció media hora después de mí. Y su presencia se podía percibir metros antes de que se sentara a mi lado.

Mi mirada periférica no paraba de examinarlo con el mejor de los disimulos. Y entonces descubrí que algo fallaba:  el hombre tenía las uñas de los dedos con mugre: era alguien que llevaba sin duda días en la calle sin usar un grifo. ¿Era un mendigo? No lo sé. Lo que no acabo de entender es cómo tiene una acreditación para entrar en un edificio así con tanta seguridad.

Semanas después he visto al señor por los alrededores del edificio dónde le encontré. Camina sin rumbo delante de terrazas que hay para los funcionarios europeos de Bruselas. Siempre solo, siempre buscando algo que nunca parece encontrar. Un superviviente de las migajas de unos ricos que se infiltra en los agujeritos del sistema para disimular.

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