Miedo y asco en Bruselas

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Después de una edulcorada versión de lo que puede ser una idílica ciudad centroeuropea, empieza a aflorar la mierda. Hay que rascar un poco para descubrir que no es oro todo lo que reluce en Bruselas.

El agua sabe bastante mal. A pesar de que llueve bastante en estas latitudes, el sabor del H2O dista mucho de lo que yo considero aceptable. Por lo cual prefiero ignorar e informarme por qué motivo cuando bebo me siento Messi (y no por controlar bien el balón). Yo creo que que el icono de la capital sea una fuente con un niño meando ya evidencia que lo que va a salir del grifo puede contener trazas escatológicas. Pero insisto, en el fondo prefiero no saber.

En el aspecto de las basuras, Bruselas tiene una organización similar a los giputxis. Basuras con bolsas homologadas que no pueden ser bajadas más que determinados días de la semana a la puerta de la calle, donde permanecen hasta que un alma contratada para ello en un camión oloroso se lo lleva. Debo añadir que pese a tener basuras casi a diario por las calles, hay carteles colgados por la ciudad que dicen que ensuciar las zonas comunes urbanas es un delito. Maravilloso.

Los belgas. De momento he tenido poco trato con ellos. Pero no conozco a mucha gente (o a nadie) que me haya hablado bien de ellos. Además tienen cosas muy raras, como inventarse palabras en gabacho para decir los números del 70 al 90. Raros, pero en este caso más lógicos que el francés normal que hace sumas en los números, una ayuda para los de letras como yo que creemos que una raíz cuadrada es una zanahoria cortada en dados.

Por otro lado cierran la mayoría de las tiendas pronto y de los restaurantes. Sin embargo los bares cierran tarde. Es absolutamente lo contrario que América. Aquí difícil cenar tarde, fácil beber birra. El paraíso de los crápulas. He de añadir que muchas calles multiétnicas pueden dar un poco de miedo cuando se va el sol. Nada que no se pueda solucionar corriendo un poquito.

Además de las diferentes culturas que te puedes encontrar, lo mejor de Bruselas es que puedes viajar dentro de la ciudad y sentirte a miles de kilómetros de distancia. No sólo por la cantidad de espaguettis y de ibéricos que merodean sino por un buen puñado de estaciones de metro que te trasladan al Sarajevo de los años 90. Estas estaciones de posguerra con cemento, madera, ratas y sin tornos, son la delicia de los jóvenes con pocos recursos que merodean las instituciones europeas. ¿Reformando? Eso dicen.

Sin duda en mi estancia en este país encontraré multitud de manías que tienen en esta zona del mundo de las que quejarme, os las iré transmitiendo. Como nos suele caracterizar a los mediterráneos (sí, Vitoria mi ciudad natal orina hacia allí), siempre nos vamos a quejar por algo, ya sea por exceso o por defecto.

Hortera como debe ser
Que aproveche el agua del grifo dondequiera que lean esto.